La vida vuelve a tener sentido.
martes, 5 de octubre de 2010
Promesas
La vida vuelve a tener sentido.
domingo, 3 de octubre de 2010
Abra cadabra, pata de cabra!
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Muy bien acompañado...
martes, 14 de septiembre de 2010
Dos días sólo...
domingo, 12 de septiembre de 2010
Caminos a lugares seguros...
Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.
La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.
La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que el tiempo lo cura todo, es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.
La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.
La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.
viernes, 3 de septiembre de 2010
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jueves, 2 de septiembre de 2010
Compartir es difícil
domingo, 1 de agosto de 2010
Triste, pero cierto.
-Lo de siempre.
-¿Poco hielo con el ron verdad?
-Claro, lo de siempre.
Servido en una copa de cristal del más transparente, como debe ser. Una sola piedra de hielo, como mejor me sabe. El primer sorbo es el más exquisito, se nota el ligero picor con el tacto en la lengua. Magnífico. Como el fuego, desciende por mi esófago. Setenta y dos años tragando esta joya, y cada día me parece igual de insoñable. Es al pasar numerosos segundos cuando éste sube a la cabeza para hacerme sentir como nunca... y como siempre. Obviamente, a esta primera le siguió una segunda, y una tercera, y una cuarta y así hasta unas cuantas más. Soy uno más del bar de "los olvidados", recentado por fulanos normalmente con mínimo cinco botones desabrochados de la camisa vieja como el sol, sol que les pega continuamente en su peludo y bronceado pecho pero que rara vez golpea la abombada barriga. Esos bares en los que, cuando la gente "normal" pasa por delante, acelera su paso hasta el 200% para evadir la mirada de nosotros, los viejos borrachos del pueblo de toda la vida.
Si pudiera huir de aquí, lo hacía sin pensarlo dos veces. Pero existen dos motivos por los que no puedo escapar: uno, mi sucia morada es... pues eso, sucia... o al menos lo es para mí... quizás sea yo el sucio, quizás lo sean ellos... no lo sé, solo sé que la frase de "me siento como en casa" tiene un sentido completamente distinto desde mi perspectiva al que teóricamente posee. Y dos, esto engancha y aquí si que puede tener sentido la frase anteriormente citada, y es que encuentro una vía de escape al irracional ambiente casero y al desprecio hacia mi persona.
-Otro ron.
-Te estás pasando.
-¡He dicho otro!
-Bueno...
Ahora me iré, ya que el hambre abunda y el dinero no sobra como para estar gastándolo en boberías, y la gente observará a dos metros y medio de mí cómo me balanceo ligeramente y se susurrarán al oído lo que de ese viejo piensan. Soy un borracho, no un desfavorecido. Soy un viejo sucio, no una persona. Es deprimente sí. Las discusiones surgirán en el momento que abra la puerta que hace unas horas cerré de mala manera y entre, de nuevo, sin capacidad para dialogar, con el corazón abierto, pero tremendamente dolido y casi roto del todo. Unos me dirán falsamente hola. Otros ni eso. Es la dolorosa rutina a la que estoy sometido. Mi único lecho son unos pocos. Y mi salvación el más viejo de todo el pueblo: el ron.
